Sus pasos le llevaron hasta la Glorieta de Embajadores, frente al Real Conservatorio de Danza en el que tantas veces repitió fragmentos de piezas de piano, incansable, para que los bailarines practicaran. De ahí caminó a su destino: la Estación de Atocha, donde le acogería la muerte y con ella la calma.
Su idea consistía en tumbarse tranquilamente en las vías del tren y esperar a ser arrollado. Dada la ubicación estratégica de Atocha, cada pocos segundos transitaba un tren por sus vías, de modo que era imposible que nadie, en su sano juicio, evitara su muerte, que sería rápida, insípida e indolora.
Así pues, en un alarde de locura, bajó a las vías del tren y comenzó a caminar por ellas, alejándose paulatinamente de la ruidosa estación. Indiferente, nadie entre la masa pareció fijarse en el caballero de mediana edad, escrupulosamente vestido, ataviado con un extraño sombrero que se alejaba más allá de los andenes.
Caminó algo menos de media hora y miró su reloj que se acercaba a las 9 de la mañana. A lo lejos, pudo ver un tren, que en esa mañana de Marzo, se acercaba hacia donde él caminaba. El tren comenzó a pitar, en un intento de alertar al perdido viandante, de que abandonase las vías.
Para desesperación del conductor, el extraño hombre que miraba su reloj, se tumbó, tranquila y parsimoniosamente sobre las vías.
Rafael se limitó a esperar su propia muerte, sereno, recordando en su cabeza una de sus obras favoritas: Nessun Dorma. La había tocado una y otra vez, incansable, durante los últimos 25 años, desde que a los 12, su padre, el Ilustre Maestro, se la había enseñado. Esa sería la música que le acompañaría en su muerte.
Cuando las vías temblaban bajo su cuerpo, cuando la zozobra inundaba su organismo, cuando podía sentir el calor de las vías que antecede a la pasada del tren… cuando él mismo sentía que moría… en ese instante un inmenso ruido le sacó del trance en el que andaba sumido. Abrió los ojos, giró la cabeza y pudo ver, algo más delante de él fragmentos de cuerpo que saltaban por los aires, decenas de vidas sesgadas en un solo instante, humo que comenzaba a salir del tren.
El silencio se apoderó del lugar. Los oídos de Rafael comenzaron a sangrar a la vez que el tren, por inercia, se acercaba al lugar en el que este yacía tendido. Tan solo se detuvo a unos 3 metros, la distancia suficiente como para que pudiera observar la aterrorizada expresión de espanto del maquinista, lívido, desvaído.
Rafael se puso en pie, sangrando por los oídos, sordo de por vida, en mitad de un maremagnum de cadáveres, humo, llantos mudos, ojos vidriosos y miradas vacías.
Él que era desgraciado, que buscaba la muerte, había sobrevivido, y ellos, personas felices, atestadas de sueños, encontraron lo que hasta ese momento él había ansiado: la no existencia. Las plegarias de uno y de otros, una vez más, no habían sido atendidas.
Tres días tardó en detener su frenética actividad, tres días que le brindaron intensísimas y dramáticas vivencias que le hicieron, por vez primera, sentirse vivo, ansiar su propia existencia.
Había escuchado e interpretado tanta música a lo largo de su existencia, que nunca más necesitaría escucharla de nuevo, tenía almacenadas en su mente un sinfín de obras maravillosas que le acompañarían, incansables y armónicas, durante el resto de su nueva vida: la de un músico sordo, pero esa, mis escasos lectores, esa es otra historia.
Manu.





