martes, 30 de octubre de 2007

Plegarias no atendidas

Caminaba por las calles de la gran ciudad, deambulando, ausente, abandonado a su propio abandono, con la tranquilidad que le da a uno el saberse carente de todo futuro.

Su vida se había ido desintegrando, paulatinamente, en los últimos meses. Ahora, camino de su propia muerte, forzada y escogida por él mismo, la mente de Rafael se encontraba vacía. Curiosamente, ahora, al borde del suicidio, experimentaba cierto regocijo, una semifelicidad que nunca antes, desde su niñez, recordaba haber sentido.

El suyo no sería un suicidio llamativo, romántico, reivindicativo ni revolucionario. No. Aspiraba a desaparecer tal cual había vivido, de un modo anodino, soso, sin gracia ni ocurrencia ninguna.

Caminaba por el barrio más castizo de Madrid. La noche, abandonaba las callejas en las que siglos atrás los caballeros, infectados por el alcohol, se debatían en absurdos duelos por las nalgas de una tabernera del tres al cuarto. A medida que cruzaba calles, el desvanecer del anochecer otorgaba a Madrid una elegante belleza, salpicada de granito berroqueño, cada vez más blanquecino. La oscuridad abandonaba la gran ciudad.

Cruzó la plaza Mayor, a estas horas transitada por risueñas palomas, caminó frente al Palacio Real observado por los pétreos rostros de las estatuas, surcó el viaducto, donde otros muchos suicidas antaño se entregaron a los brazos de la muerte…

Sus pasos le llevaron hasta la Glorieta de Embajadores, frente al Real Conservatorio de Danza en el que tantas veces repitió fragmentos de piezas de piano, incansable, para que los bailarines practicaran. De ahí caminó a su destino: la Estación de Atocha, donde le acogería la muerte y con ella la calma.


Su idea consistía en tumbarse tranquilamente en las vías del tren y esperar a ser arrollado. Dada la ubicación estratégica de Atocha, cada pocos segundos transitaba un tren por sus vías, de modo que era imposible que nadie, en su sano juicio, evitara su muerte, que sería rápida, insípida e indolora.

Cuando entró, la estación acogía un ritmo frenético, un cosmopolita devenir de gentes egoístas, que contrastaba con la tranquilidad de la explanada que se cruza antes de acceder a los vestíbulos de la estación.

Pensándolo mejor, no le apetecía morir en mitad de tanto ruido…. Una persona como él, que había entregado su vida a la música sacra y al cultivo de las artes, no podía tolerar morir en un ambiente tan ruidoso y molesto. Para Rafael, el sentido más valioso era el oído y no quería abandonar este mundo en un ambiente ruidoso y molesto. Le daba igual como oliera, qué imagen viera por última vez así como el olor o el tacto que recibiera su cerebro instantes antes de desvanecer… pero el oído para él era algo sagrado, su única religión, a la que se había entregado en cuerpo y alma desde niño.

Así pues, en un alarde de locura, bajó a las vías del tren y comenzó a caminar por ellas, alejándose paulatinamente de la ruidosa estación. Indiferente, nadie entre la masa pareció fijarse en el caballero de mediana edad, escrupulosamente vestido, ataviado con un extraño sombrero que se alejaba más allá de los andenes.

Caminó algo menos de media hora y miró su reloj que se acercaba a las 9 de la mañana. A lo lejos, pudo ver un tren, que en esa mañana de Marzo, se acercaba hacia donde él caminaba. El tren comenzó a pitar, en un intento de alertar al perdido viandante, de que abandonase las vías.

Para desesperación del conductor, el extraño hombre que miraba su reloj, se tumbó, tranquila y parsimoniosamente sobre las vías.

Rafael se limitó a esperar su propia muerte, sereno, recordando en su cabeza una de sus obras favoritas: Nessun Dorma. La había tocado una y otra vez, incansable, durante los últimos 25 años, desde que a los 12, su padre, el Ilustre Maestro, se la había enseñado. Esa sería la música que le acompañaría en su muerte.

Cuando las vías temblaban bajo su cuerpo, cuando la zozobra inundaba su organismo, cuando podía sentir el calor de las vías que antecede a la pasada del tren… cuando él mismo sentía que moría… en ese instante un inmenso ruido le sacó del trance en el que andaba sumido. Abrió los ojos, giró la cabeza y pudo ver, algo más delante de él fragmentos de cuerpo que saltaban por los aires, decenas de vidas sesgadas en un solo instante, humo que comenzaba a salir del tren.

El silencio se apoderó del lugar. Los oídos de Rafael comenzaron a sangrar a la vez que el tren, por inercia, se acercaba al lugar en el que este yacía tendido. Tan solo se detuvo a unos 3 metros, la distancia suficiente como para que pudiera observar la aterrorizada expresión de espanto del maquinista, lívido, desvaído.

Rafael se puso en pie, sangrando por los oídos, sordo de por vida, en mitad de un maremagnum de cadáveres, humo, llantos mudos, ojos vidriosos y miradas vacías.

Él que era desgraciado, que buscaba la muerte, había sobrevivido, y ellos, personas felices, atestadas de sueños, encontraron lo que hasta ese momento él había ansiado: la no existencia. Las plegarias de uno y de otros, una vez más, no habían sido atendidas.

Tres días tardó en detener su frenética actividad, tres días que le brindaron intensísimas y dramáticas vivencias que le hicieron, por vez primera, sentirse vivo, ansiar su propia existencia.

Había escuchado e interpretado tanta música a lo largo de su existencia, que nunca más necesitaría escucharla de nuevo, tenía almacenadas en su mente un sinfín de obras maravillosas que le acompañarían, incansables y armónicas, durante el resto de su nueva vida: la de un músico sordo, pero esa, mis escasos lectores, esa es otra historia.

Manu.

jueves, 25 de octubre de 2007

Destellos (I)


… en determinados momentos, ni tú, consigues entenderme.

De vez en cuando encuentro fotógrafos, casi siempre centrados en el cuerpo, obra maestra de la naturaleza, que consiguen transmitirme mil y unas sensaciones de las que os hablaré en alguna otra ocasión. ¿Qué tiene el cuerpo humano que tanto nos atrae?.

Os presento al fotógrafo que me tiene robada la razón, desde hace tiempo. Poco o nada se sobre él: Eugeni Mokhorev, ruso, que encuentra en San Petersburgo un sinfín de elementos de inspiración. Tiene, si no me equivoco, 40 años.

Desde la distancia, Mokhorev ha conseguido que San Petersburgo se abra ante mí como una ciudad idealizada, poblada de rostros, miradas, cuerpos, regios edificios y fatigados animales que se dejan fotografiar, para regocijo de los amantes de la fotografía.

Varias veces he intentado contactar con él, vía mail, en un intento desesperado de poder comprar una de sus fotografías, antes de que se haga famoso. Nunca he obtenido respuesta.

Desde que le conozco, ha pasado de ser semidesconocido y no existir apenas referencias de él en internet a exponer en galerías de Nueva York. Los americanos, con su dinero, ya lo habrán pervertido. Su obra debe rondar precios incalculables.


Ahora, tan solo ansío, que publiquen un buen libro sobre su obra.


Pasaros por su página, merece la pena: http://eugeni.photosight.ru/

Manu





domingo, 21 de octubre de 2007

Las pesadillas de Alejandro


Alejandro se despertó empapado en sudor. El más grande de los guerreros de la historia tenía miedo a la batalla.

Tan solo Hefastión, su fiel amante, conocía los nuevos miedos de Alejandro. Las últimas semanas el Rey de Reyes, el Macedonio, no conseguía conciliar el sueño… las noches le resultaban eternas, sudorosas, en continuo desasosiego. Por más que machaba sus músculos en interminables sesiones de entrenamiento para la batalla, nunca conseguía dormir como antaño. Ni siquiera los erotizantes masajes de Bagoas, su eunuco favorito, conseguían aplacar las pesadillas que atormentaban sus penumbras.

Hefastión le abrazaba en las noches le asía por el costado, contra sí mismo, se aferraba a él, pegando su pecho a la espalda de Alejandro y frotando levemente su sexo contra su nalgas. En esos momentos se sentía el hombre más afortunado del mundo conocido, por ser el gran amor de Alejandro.

Lo que desconocía Hefastión es que Alejandro, el Magno, no temía morir en la batalla…. desde pequeño el Oráculo de Siwa lo había reconocido como hijo de Zeus, de modo que Alejandro se creía inmortal, un ser supremo. Lo que le atormentaba es que Hefastión, su amante, su gran amor, su hombre, muriese en la batalla. Llevaba meses teniendo una pesadilla recurrente, en la que los ojos de Hefastión se apagaban en sus brazos….. Alejandro recurrió al oráculo, que le confirmó que Hefastión moriría en poco tiempo. No lo quiso decir a nadie, siquiera al propio Hefasión. El Macedonio era el único que sabía que su amante, aquél precioso muchacho del que se enamoró siendo aún adolescente, podría morir entre sus brazos en cualquier momento.

Temiendo a la muerte, Alejandro ordenó que Hefastión no acudiera más al campo de Batalla, pero el destino decidió que Hefastión muriese en Ecbatana, posiblemente envenenado. Muchos eran los que odiaban al favorito de Alejandro.

El gran Rey, el todopoderoso conquistador, el cultísimo Alejandro, alumno aventajado de Aristóteles, aquél cuya vida derramaría ríos de tinta a lo largo de la historia… ese mismo, inmensamente sensible como era, había perdido su penúltima batalla: la de la muerte de su amante. El Macedonio se sumió en las tinieblas y presa del desgarrador dolor, ordenó rapar las crines de todos los caballos de sus ejércitos, se rapó el mismo la cabeza y rindió tributo a Hefastión como si de un Dios se tratara

Ya nada volvió a ser igual. Incluso Bagoas fue rechazado por Alejandro. Sin el amor de Hefastión, nada tenía sentido… lo que Alejandro desconocía es que tan solo unos meses después, perdería su última batalla, aquella que todos perdemos: sería él mismo quien moriría, para desesperación de sus súbditos, en una absurda batalla.


Mi intento de asesinato (I)

Mis queridas amigas (me presento en plan Ana Rosa Quintana).

Hoy me ha sucedido un hecho realmente para-anormal.

Salía yo de casa, a eso de las 13:15 de la mañana, después de una dura jornada de vida goma (es decir, me levanto o no me levanto, me levanto o no me levanto...) cuando, a medida que caminaba por el patio de mi casa.... plooooof!!!! me ha llovido un gato del cielo.

Describo la situación:
- Yo: vestido de un modo bastante impresentable: Camiseta roja, pantalones ceñidos, zapatillas que no pegaban ni con cola. Sin cinturón.
- El gato: Blanco con manchas negras, con claro sobrepeso, moviendo las patas alocadamente.
- Viandante 1: Alguien que caminaba detrás de mi.
- Viandante 2: Alguien que miraba en mi dirección a lo lejos.

El gato ha caído literalmente a mis pies, acompañado de un sonoro Plooooooof!!!. En contra de lo que la sabiduría popular afirma, los gatos no siempre caen bocabajo.... este ha caído girado, como un saltador de trampolín paraolímpico, con la parte delantera del cuerpo hacia arriba y la trasera hacia abajo.

Conclusión: El gato se ha pegado una sonora ostia.

Mi reacción ha sido comedida, al más puro estilo de la Familia Real. Me he apresurado a mirar hacia arriba, pues no descarto que en la vecindad, dados mis extraños hábitos, más de uno/a quiera acabar con mi existencia.

En un alarde de mis no-reflejos, me he agachado a intentar coger al gato. Imaginaros que patético debo ser, y la lentitud en mis movimientos, que el gato, recién golpeado, ha tenido tiempo de incorporarse, mirar a derecha e izquierda, mover una pata en señal de repulsa y salir corriendo. Todo eso le ha dado tiempo al gato a hacer antes de que yo me agachara a intentar cogerlo.

El viandante 1 dice: Joder vaya ostia se ha pegado el gato! Si nos caemos nosotros desde ahí, nos matamos!-- y se larga.

He esbozado una sonrisa, no se muy bien por qué, pues en esos momentos aún barruntaba la posibilidad de que alguien hubiera intentado atentar contra mi vida. Que yo sepa entre los vecinos no cuento con ningún/a amante despechado/a. Tampoco debo dinero a nadie y al menos en el último mes no he golpeado a nadie con mis botas de punta de acero.

El viandante dos, quizá bajo los efectos de algún tranquilizante, ni se ha inmutado, pues en su narcotizada cabeza debe contemplarse con cierta normalidad que un gato caiga del cielo.

Posteriormente he pensado que quizá era un gato volador, que hubiera desarrollado una mutación genética, consecuencia de la atmósfera hipercontaminada que respiramos en Madrid.

Entonces he mirado al tercer o cuarto piso, que es de donde yo pensaba que provenía el gato, y he podido ver, la cabeza de una vieja, taciturna, huidiza, que me miraba fijamente.... nos hemos cruzado la mirada, la hemos mantenido un rato y para mi sorpresa... no me ha pedido el teléfono ni me ha gritado un piropo del estilo de:

- Que no me entere que ese culito pasa hambre!!!

Nada de eso. La vieja me ha mirado fijamente y acto seguido se ha metido en su casa.

Si mi vida ya era un sinfín de dudas... ya sabéis ¿de donde venimos? ¿a dónde vamos? ¿es normal despertarse empalmado todos los días? ¿hasta donde es capaz de dilatar al ano de Erick?

Como decía, si en mi vida ya había muchas dudas, ahora tengo muchas más ¿ha tirado la vieja al gato? Si así fuera ¿lo ha hecho a propósito? ¿es la vieja Benigna, la de la peli del Orfanato? ¿era gato o gata?

Finalmente he salido detrás del gato, que se ha refugiado debajo de un coche verde, que odio (al coche, no al gato) porque siempre está mal aparcado en mi calle. He llamado a los telefonillos del bloque, y solo me han contestado en dos casas, en las que me han dicho que ellos no eran los dueños del gato.

Pero esto no es todo amigos.

He llamado a todos los telefonillos y no me ha contestado ninguna vieja. ¿Se hacía la vieja la sueca? ¿sería realmente sueca la vieja? ¿y si era solo sorda? ¿es la vieja una psicópata en potencia que lanza seres vivos por el balcón y luego se esconde arrepentida de sus actos? ¿mañana caerá un perro? ¿se convertirá esto en una tradición? ¿y si el viandante 2, ese que no ha mostrado la más mínima sorpresa al ver al gato caer, es un cómplice de la vieja?

En fin... no se que pensar.... tras intentar coger al gato de debajo del coche, y con miedo de que me sacase de un arañazo mis recién operados ojos de gato, me he marchado, con viento fresco, y mirando disimuladamente a los balcones.

Por otra parte, bastantes viandantes me miraban como si fuera un loco: llamando a los telefonillos y contando una absurda historia de un gato que se ha caído de un balcón y que se ha refugiado debajo de un coche y que si es suyo que si es suyo yo mismo se lo subo, pero que si no es que si sabe de alguien que tenga un gato en el bloque, porque el gato esta debajo de un coche mal aparcado que odio, y que si se queda ahi seguro que se pierde, y si se pierde pobre gato y pobre dueño llegar a casa y que no este el gato.. bastante triste es llegar a casa y pensar en la desmembración de España como para encima que tu gato no esté y no haya dejado ni una nota.

Bueno, en resumidas cuentas: alguien me ha lanzado un gato, ahora sospecho que hay una vieja psicópata en el bloque compinchada con un viejo narcotizado, los vecinos me toman por loco y yo ya no se que pensar.... y encima el gato, la única prueba de que yo no estoy loco, ha desaparecido.

El desasosiego inunda mis días, ya no me siento tranquilo en casa y ahora, cada vez que cruzo el patio, no puedo dejar de pensar que en cualquier momento, un gato, puede caer sobre mi cabeza.

He de descubrir qué es lo que ha ocurrido realmente. Prometo informaros al respecto, en esta comunidad acontecen hechos demasiado extraños como para considerarse casuales.


M.